domingo 23 de junio de 2024
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HISTORIA DE VIDA

Marcela, la cara de la desesperación de los comedores populares

Cocina desde hace 17 años para los que más lo necesitan, primero en Villa Berutti, hoy en El Martillo. Pese a que aumentó la demanda, frente al recorte de alimentos del Municipio y Nación, sólo entrega viandas dos veces por semana para 200 personas. "Y después nos dicen que somos fantasmas", reprochó.

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“Te juro que me da bronca” 

Marcela toma mate, corta hígado, se acomoda los lentes, se ríe.

Hace todo junto y también llora.

Pero dice que no es por la infancia pobre que recuerda ahora

Ni por las historias de pueblo roto que escucha a diario en El Martillo

Ni por las barbaridades que dicen los que las acusan de tener comedores fantasmas

Ni por la mercadería que dejó de entregar el Municipio y que retiene el Gobierno nacional en dos galpones donde hay más de 5.000 toneladas de alimentos arrumbados.

Marcela Martínez llora, pero dice que “es por la cebolla” que esa tarde, salteada con hígado y unas cucharadas de arroz, será cena de 200 personas que dos veces por semana comen gracias a “Martillitos de Pie”, el comedor popular donde ella y otras cuatro mujeres cocinan para los que tienen hambre.

Puesta en contexto, además de contundente, la foto es indignante. Cientos de bultos cerrados de alimentos no perecederos -algunos pronto a vencerse- estancados en dos galpones del Ministerio de Capital Humano -uno en Villa Martelli y otro en Tafí Viejo- mientras se multiplican los reclamos por mercadería para las ollas populares, en un país que en cinco meses duplicó los índices de indigencia. 

Ante la foto, que rápidamente se convirtió en escándalo, la primera reacción del Gobierno de Javier Milei fue el ataque: explicaron que no entregaban los alimentos porque había comedores truchos. El argumento -que sobre todo sirvió para herir la dignidad de quienes le ponen el cuerpo a la pobreza- se desvaneció enseguida y cambiaron la estrategia: ahora, la mercadería está acovachada para responder a una emergencia o catástrofe, como si la situación de los comedores todavía no fuese lo suficientemente desesperante.

Finalmente, mientras una denuncia penal tramita en el Juzgado Federal N°7 -a cargo de Sebastián Casanello-, el Gobierno admitió, sin explicitarlo, que no haber repartido esa mercadería fue una decisión política.

Como alguna cabeza tenía que rodar, Sandra Pettovello, la ministra que iba a atender “uno por uno” a los que «tengan hambre», para no atender -precisamente- a las organizaciones que garantizan comedores y merenderos, echó a Pablo de la Torre, secretario de Niñez, Adolescencia y Familia.

Detrás de él, despidió a Héctor Nicolás Calvente, subsecretario de Políticas Sociales; María Lucía Raskovsky, subsecretaria de Políticas Territoriales y Desarrollo Humano; Fernando de la Cruz Molina Pico, coordinador General de la Comisión Nacional de Coordinación del Programa de Promoción del Microcrédito para el Desarrollo de la Economía Social; y Esteban María Bosch, director nacional de Emergencia.

El Martillo es un barrio elástico. Un cuadrante al oeste del centro de Mar del Plata, delimitado por las calles Fortunato de la Plaza, Pehuajó, Jacinto Peralta Ramos y Mario Bravo, que alteró varias veces su dinámica y fisonomía y en el que parece, siempre hay lugar para una casa más

Hasta la década del 40, esas tierras formaban parte de una estancia, precisamente bautizada “El Martillo”. A raíz de un loteo incipiente -casi pisando los ´50- la zona se volvió oportunidad para muchos laburantes, que empezaron a construir sus casas con lo poco que tenían. En palabras del historiador marplatense, Agustín Nieto, familias que se embarcaron en la “aventura finisemanal de levantar el rancho” en un sector -hasta entonces- sin luz, sin gas, ni asfalto.

Sin embargo, a mitad del siglo XX y de la mano de Perón, el barrio tuvo un empujón fundamental: el “Plan Eva Perón”, que permitió la construcción de viviendas de material a muchas familias trabajadoras a partir de préstamos del Banco Hipotecario Nacional a pagar en 30 años.  

Unas cuántas décadas después, un tiempo antes de que se ofrecieran en la zona terrenos aptos para Procrear, El Martillo fue epicentro de una lucha por la vivienda digna. La toma de un complejo habitacional abandonado por el Estado por parte de vecinos Sin Techo, que se inundaban cada dos por tres y que vivían mal, no sólo devino en la fundación de un nuevo barrio -el 15 de Enero- sino que también habilitó a la recuperación y finalización de un complejo social en Sicilia y Friuli.

En una de esas casitas, desde hace ocho años, vive Marcela con sus dos hijos más chicos y su esposo, un plomero forzosamente retirado: en 2021, a sus 63 años, el hombre sufrió un ACV isquémico, quedó con la mitad del cuerpo paralizado y no pudo volver a trabajar.

Marcela sostiene, también en la intimidad: cuida ancianos y reparte su salario, un poco en casa, un poco en el comedor.

Marcela va y viene con la cuchilla.

No queda claro si el hígado está difícil de cortar o es la excusa perfecta para la descarga.

“Es que me da bronca. Nos retiraron todo, todo de la noche a la mañana. El Municipio nos sacó las verduras, los pollos. De un momento a otro y sin explicación. Pero además, nadie vino a supervisarnos, ni el Municipio ni la Nación, nosotras tenemos número de Renacom y podemos mostrarles todo lo que hacemos. En la pandemia fuimos fundamentales, con los Comités Barriales de Emergencia (CBE) llegamos a los vecinos antes que el Municipio. De hecho, ellos dialogaban con nosotros, con las organizaciones, porque hicimos un trabajo enorme para contener a la gente. Y ahora mirá, ni pollo ni verdura nos dan. Nos tratan mal a los comedores y nos acusan de fantasmas. Me da bronca”, insiste Marcela y cuenta cómo -desde diciembre de 2023- cambiaron los menúes en Martillitos de Pie, uno de los comedores de Libres del Sur. 

“Antes preparábamos las comidas que ellos no iban a poder hacer en sus casas, evitábamos el guiso y hoy, después de muchísimo años, tenemos que volver a la carcasa y el menudo, a la vianda sin carne, sin verduras. Antes preparábamos pollos al horno para todos, milanesas, empanadas, pizzas caseras. Ahora tratamos de ponerle un poco más al tuco, al encebollado, pero no es lo mismo. Ellos creen que los pobres tenemos que vivir a guiso y dar gracias”, se despacha y menciona el año del helicóptero, el diciembre de los muertos en la plaza y las barriadas hambrientas, del inicio de las asambleas vecinales y de las ollas de calle, que a ella la encontraron en una casita precaria en Villa Berutti, donde arrancó como cocinera popular y de donde se mudó -algunos años después- para recuperar a sus hijos mayores del consumo.

Yo siento que esto es igual al 2001. O es peor.  

En la planilla excel que el dirigente Juan Gabrois, del Frente Patria Grande, acercó al Juzhado, en el marco de la denuncia contra Pettovello, consta que de los 924.970 kilos de leche en polvo encanutados, hay 339.687 con fecha de vencimiento entre el 7 y el 30 de julio. En esa misma línea, hay 4.439 kilos de harina de maíz que vencen el 25 de julio.

Cada martes y viernes desde las 17, el portón de la casa de Marcela se abre y una mesita que se parece a un pupitre, pero no lo es, oficia de mesada para el despacho de las viandas, que hasta la Patria Libertaria eran 30 y ahora suman 50, porque no alcanza para más.

Las cenas se preparan en una cocina alargada, bastante angosta, con un ventanal trasero a un patio desordenado pero con limones; con una pared pintada de colores para que no todo sea gris; con una mesa de campo hermosa en el ingreso a la casa donde se cargar los tuppers cuando se amontona gente, y con una ventana al frente para mirar quién vino o relojear quién anda.

La dinámica del comedor no se activa con la entrega, sino con el mensajito que Marcela manda al grupo de las viandas para avisar qué habrá de comer hoy. Todo depende de lo que se consiga durante la mañana. Lo importante, como explica ahora, mientras se calienta las manos en una estufa de garrafa a pantalla, es tener claro cuántos tuppers habrá que calcular. “Pongo un horario tope de aviso y les pido que más o menos me digan a qué hora pasan. Como nosotras nos juntamos a cocinar más temprano, está bueno saber para cuántos hay que hacer”, apunta Marcela.

Por una porción, por dos, por tres o por diez hasta Sicilia Bis al 7100 se acercan vecinos históricos, vecinas recién llegadas la barrio, mujeres que fueron derivadas por la asistente social del Centro Integrador Comunitario (CIC), mamás que tienen nueve chicos o jubiladas que por primera vez en su vida hicieron fila, con vergüenza, para reemplazar un matecocido con masitas por un plato de Martillitos de Pie. 

“Hay una señora que me conmueve. Con miedo y vergüenza, te juro, me pide comida. Su esposo trabaja en una parrilla, y es un señor mayor. Ella hace changuitas de limpieza, y es una señora mayor. Y me dijo hace un tiempo que si le daba una vianda la ayudaba un montón. La conozco desde que vine al barrio. Me partió el alma. Lo mismo otra señora que está operada y me pide galletitas. A mí me conmueve el barrio”, reconoce y traza un paralelismo con su infancia.

“Nosotros la pasábamos muy mal, tampoco teníamos para comer. A veces le mangueábamos pan a una maestra, que sólo nos daba si íbamos con mi abuela. Así que íbamos, buscábamos a la abuela, para que la maestra nos diera pan. La pasamos muy mal nosotros, cirujeábamos con mi papá. Éramos nueve. Yo empecé a trabajar de piba, todos empezamos a trabajar de pibes”, rememora Marcela, que nació hace 50 años en Santa Fe, que lleva mucho más que la mitad de vida en Mar del Plata, pero que de seguro cocina desde hace 17 para los que más lo necesitan.

-¿Alguna vez pensaste en dejar el comedor, Marcela?

Hasta enferma lo sostuve. Tuve un coma diábetico, y le pedí a las chicas que sigan cocinando. Mi marido muchas veces me dice que me deje de hinchar. Yo a veces me enojo y me pregunto lo mismo. Pero me dura muy poco. Yo sé lo que es la necesidad, el tener hambre. A mí me cuesta soltar esto porque esto también es mi vida.

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