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ANÁLISIS

9 de abril, Día del pago igualitario

La brecha salarial entre hombres y mujeres no es un invento ni moda: existe. Aquí, algunos datos y reflexiones.

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Por Claudia Pekar, abogada especializada en Género

La brecha salarial entre hombres y mujeres existe; no es un invento ni moda. Aquí, algunos datos y reflexiones para acercarnos a esta problemática que atraviesa todo el planeta.

En Argentina, desde 2018 se conmemora el Día del pago igualatario para visibilizar la desigualdad estructural que existe entre hombres y mujeres. Es reconocida también en Estados Unidos, la Unión Europea y Chile, donde se escogieron otros días del calendario. Que en el nuestro sea el 9 de abril simboliza la explicación del problema. Es que para fines de 2017, el INDEC publicó en su informe anual que la brecha salarial era del 27% de modo que, para que las mujeres alcanzaran los sueldos de los hombres, debían trabajar más de 3 meses extra -hasta el 9 de abril-. En 2023 la medición de la brecha fue del 25%.

Pero, ¿por qué las mujeres ganamos menos que los hombres?

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Uno de los factores más preponderantes radica en los estereotipos de género: son las ideas y prejuicios sostenidos en una sociedad en un momento determinado acerca de los atributos, características y roles que hombres y mujeres deben desempeñar por el solo hecho de pertenecer a uno de esos grupos.

En sociedades patriarcales, como la nuestra, entre esos roles se atribuyó al hombre ser el principal o único sostén económico del hogar y, a la mujer, ocuparse de las tareas domésticas y el cuidado de hijas e hijos y personas mayores. Se presentaron esos  dos “mundos” con muy distintas tareas y valoraciones sociales.

Cuando las mujeres se insertaron en el mercado de trabajo, sucedió lo siguiente:

  • eran mayormente requeridas para tareas que tuvieron un bajo reconocimiento salarial y replicaban lo que ya venían haciendo en las casas:  fueron empleadas domésticas, maestras, enfermeras, secretarias. En esos trabajos aún hoy existe sobrerrepresentación femenina, precarización y/o bajos sueldos;
  • no fueron reemplazadas en las tareas de cuidado y limpieza de sus hogares, es decir que al regresar a las casas nadie había realizado esas tareas (como sí sucedía con los hombres). Por eso se dice que las mujeres cumplimos una doble jornada de trabajo. Incluso triple, para quienes se desempeñan en labores comunitarias, que en su gran mayoría son mujeres.

Las estadísticas dicen que las mujeres dedicamos seis horas por día a la realización de estas tareas, mientras que los hombres sólo tres.

Este trabajo doméstico no remunerado y que está sumamente invisibilizado y desvalorizado, recientemente fue medido en la población total y monetizado. La conclusión de ese trabajo indica que, en nuestro país, representa el 15% del PBI, encabezando la lista de actividades incluso sobre el comercio y la industria.

La delegación mayoritaria de estas tareas en las mujeres las sustrae de trabajos de jornada completa o de la posibilidad de ser contratadas o promovidas. Porque además de la limitación real que representan en la disponibilidad horaria para trabajar (como salir más temprano del trabajo para buscar hijo/as en la escuela, llevar a turnos médicos), operan en los prejuicios de quien tiene que reclutar personal, asumiendo que si es mujer se ausentará más por su compromiso con el cuidado o por embarazo.

Todo esto influye no solo en la contratación sino también en el ascenso y permanencia laboral: pisos pegajosos, escaleras rotas, techos de cristal, opacan u obturan el empoderamiento económico de las mujeres.

Algunos argumentan que si la brecha salarial fuera real se contratarían más mujeres porque es más económico. Esto es desconocer múltiples estudios y mediciones realizadas no solo en nuestro país, que además cuentan con amplio consenso.

 Es desconocer que la igualdad legal no es suficiente para que las personas sean iguales de verdad, y que por eso es necesario implementar y sostener políticas públicas para equiparar las diferencias que responden a una estructura desigual de poder.

Es fundamental redistribuir las tareas de cuidado y domésticas entre las personas que habitan cada casa, para que no recaigan de manera desproporcionada sobre las mujeres. No alcanza con ayudar, hay que repartir las tareas de manera justa.

Repensar estas dinámicas caseras no solo mejoran el presente de las mujeres sino que contribuyen al cambio cultural necesario para vivir en una sociedad en la que todas y todos tengamos real acceso a los derechos e  igualdad de oportunidades.

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