domingo 3 de marzo de 2024
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Un viaje por la historia: los comienzos de la municipalidad de General Pueyrredon

Las actas de la "Corporación Municipal", fundada en 1881, se encuentran en la biblioteca del Concejo Deliberante y en formato digital para el libre acceso de toda la comunidad. ¿Cómo fueron las primeras sesiones? ¿De qué se hablaba?

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Municipalidad de General Pueyrredon.

La ciudad de Mar del Plata fue fundada el 10 de febrero de 1874 por Patricio Peralta Ramos. Esa es la historia que la mayoría conoce. Pero, ¿cuándo se fundó la municipalidad de General Pueyrredon? ¿Cómo fueron las primeras reuniones? ¿Cuáles fueron las primeras ordenanzas que se promulgaron en la ciudad?

La municipalidad fue creada el 15 de octubre de 1879, pero la primera sesión fue casi siete años después de la fundación de la ciudad, el 2 de enero de 1881. Sus primeros integrantes se autodenominaban «señores municipales» y formaban parte de la «Corporación Municipal». Se trataba de Antonio Álvarez (presidente), Pedro Bouchez (titular), Jacinto Peralta Ramos (titular), Antonio Iglesias (titular) y Luis Druge (suplente).

«En el Pueblo «Mar del Plata» partido Gral. Pueyrredon, á dos dias del mes de Enero de mil ochocientos ochenta y uno, reunidos en Sesion preparatoria los Señores Municipales que al margen se designan, á invitacion del Señor Presidente; este usó de la palabra y espuso: Que debiendo instalarse la Corporación Municipal de este Partido, á efecto de dar comienzo á los trabajos que por la Ley de la materia les estaba encomendado, pedia á los Sres Municipales presentes manifestasen si aceptaban sus nombramientos, debiendo en caso afirmativo prestar el juramento de ley», rezan las primeras líneas del primer acta de la Corporación Municipal.

Los presentes dieron su voto afirmativo y comenzaron a sesionar. Los cargos que se dividieron fueron los siguientes:

  • Procurador: Ovidio Zubiaurre.
  • Policía: Jacinto Peralta Ramos.
  • Culto e Instrucción: Antonio Iglesias.
  • Tesorero: Pedro Bouchez.

¿Cuáles eran las cuestiones más trascendentales que se trataban en el joven Concejo? Liliana Martínez, miembro del personal de la biblioteca del Consejo Deliberante, es una fuente de consulta ineludible para conocer las actas fundacionales de Mar del Plata. «En ese momento no estaba el consejo como lo conocemos hoy, sino que se reunían distintas personalidades del pueblo de Mar del Plata, como se decía en ese momento. Se juntaban acá, en el Consejo Deliberante», cuenta.

Antonio Álvarez, primer presidente de la «Corporación Municipal».

«El tema principal que tenían era el presupuesto o la fiscal impositiva, que era la parte central de todo. Pero después había dos temas muy importantes. Uno era el registro de los prostíbulos, porque en ese momento se autorizaba a las ‘madame’ y a los prostíbulos a funcionar, pero siempre y cuando tuvieran un registro las personas que trabajaban ahí. Debían pasar por sanidad una vez por semana y tenían que tener la tarjeta de Buena Salud. El segundo tema también era cómo registraban los carruajes, es como si fueran ahora los automóviles. Porque Mar de Plata se estaba haciendo grande y las calles eran medio pequeñas. En la loma de la Avenida Colón todavía hay casas antiguas que conservan la entrada de los carruajes», relata.

Para que funcionaran las primeras oficinas municipales, archivo y sala de sesiones hizo falta alquilar algunos espacios hasta que la municipalidad pudiera asentarse y «se hiciera de recursos para construirla».

Al segundo día de creada la «Corporación Municipal» se decidió dividir al partido de General Pueyrredon en seis cuarteles, para los que se designaron unos seis «alcaldes». Esos cuarteles eran comprendidos por las tierras o campos que podeían distintos vecinos, entre los que se encuentran algunos apellidos conocidos para los marplatenses de hoy: Peralta Ramos, Camet, Luro, Barragán, Martínez de Hoz, De la Plaza, entre otros.

Por otra parte, se designó a Franco Beltrán para que se encargara de atender las solicitudes sobre la construcción de obras públicas. Además, fue nombrado «doctor de Policía» Juan A. Soto que ejerció «el arte de curar a falta de un médico con diploma de la facultad respectiva«. En la tercera sesión se habilitó la primera escribanía de la ciudad, a nombre de Manuel Canata.

Los conflictos eran moneda corriente en la incipiente municipalidad y las reuniones terminaban muchas veces en discusiones acaloradas o violentas. A los pocos días de creada la Corporación presentó su renuncia el municipal suplente Juan Camet, quien años más tarde donó las tierras para la creación del parque que lleva su nombre.

Las actas fundacionales se redactaban en tercera persona, por lo que se comentaban las declaraciones de todos los señores municipales. El procurador Ovidio Zubiaurre, ante la renuncia de Camet, dijo que veía «con extrañeza la razones expuestas por el municipal suplente Camet en su renuncia de este cargo, pues que, como él, todos los demás señores que componían la Corporación de que forma parte, tenían sus atenciones y no obstante habían aceptado, sin que esto fuese un obstáculo para el desempeño fiel de los deberes que el puesto les señalaba».

Primera municipalidad (1881). Foto: Pablo Arauz.

Al respecto, Jacinto Peralta Ramos se opuso, ya que «aceptar los argumentos del renunciante importaría sentar el precedente de que se halla impedido de prestar sus servicios a un Pueblo todo vecino que tuviese atenciones». Sin embargo, se votó afirmativamente la renuncia de Camet al cuerpo.

Bailes, contaminación y pestes

Otra cuestión que se deliberaba en ese entonces eran las licencias de baile, que en un primer momento valían $150. Cada local que quisiera organizar «bailes públicos» en sus instalaciones debía abonar este momento por noche en la que abriera sus puertas para realizar esta actividad.

De hecho, Jacinto Peralta Ramos pidió en una de las primeras reuniones que el horario de baile durante el verano se prolongara hasta las 2 de la madrugada, ya que «en esta estación en que las noches son tan cortas, era temprano las doce de la noche para obligar a cerrar sus puertas a las casas de negocio».

Sin embargo, el presidente Antonio Álvarez se opuso y sostuvo que «la gente que concurría a ese género de reuniones era la parte más pobre, estos es, los jornaleros, y más que sobrado era el tiempo acordado para que gastasen lo que habían ganado en el día«. Además, expuso que «no era posible obligar a la Policía a pasar casi toda la noche de ronda, teniendo que continuar su Servicio ordinario desde las primeras horas de cada día, por el corto número de que se componía».

Fonda del Huevo, Hotel del Globo y Chalet de José Luro (1888). Foto: Hugo Galbiati y Antonio Valentini.

Para los locales de baile se establecían multas por embriaguez, a la que Peralta Ramos se opuso porque «no siempre
podrían evitar la beodés (borrachera) en sus casas unas veces y la entrada de individuos ya en ese estado otras» y que, si bien podía limitar la venta de bebidas alcohólicas, «hay personas que para ponerse en ese estado sólo les basta una o dos copas, y en estos casos no podría aplicarse con justicia la disposición».

Finalmente, se aprobó la ordenanza respecto a las casas de baile, en donde se dispusieron multas para los que admitieran y formaran parte de juegos de azar, por desorden, ebriedad, «dar baile sin permiso«, tener «perros bravos sueltos» o correr carreras de caballo por las calles del pueblo.

Baile en Playa de los Ingleses, fines del siglo XIX. Foto: Enrique Mario Palacio.

La contaminación de los arroyos era algo que, aunque sorprenda, también se tenía en cuenta en esa época. El tesorero Pedro Bouchéz elevó una queja, ante la ausencia de Pedro Luro, en la que pedía que se desalojara su grasería (lugar donde se fabricaban velas). La razón era que para mantener la cantidad de cerdos que tenía Luro en el establecimiento los «residuos enlodados por los cerdos en su corral iban al arroyo» y se «corrompía» el agua, lo que producía «miasmas (emanaciones) insoportables para el vecindario y perjudicial a la salud«.

Otra de las cuestiones importantes a destacar de esas reuniones fue la aprobación del primer presupuesto de la municipalidad, el 27 de junio de 1881, totalmente equilibrado, con montos de egreso e ingreso de $184.500.

También, el 31 de diciembre de ese año se designó a los primeros consejeros escolares, quienes fueron Mateo Grela y Clemente Cayrol. Ese mismo día, el presidente Álvarez dispuso la construcción de una casilla en la playa para que las familias que se bañaban en el mar pudieran «cambiarse de ropa con la reserva debida».

Casillas de madrea en Playa Bristol (1903). Foto: Ignacio Iriarte.

Ese mismo año, los habitantes de Mar del Plata sufrieron una situación similar a la vivida en 2020 con la pandemia del coronavirus, con la diferencia de que no había un médico matriculado en el poblado. La fiebre tifoidea llegó al pueblo y la Corporación tuvo que tomar cartas en el asunto. Resolvieron:

  • «Orden al Médico de Policía para que preste sus asistencia médica»
  • «Formación de un Hospital provisorio»
  • «Orden de blanquear las casas habitadas por los enfermos de dicha fiebre»
  • «Orden a la Botica para que expida los medicamentos para los mismos. El edificio destinado para hospital era de propiedad de Don Felix Yagrossi á quien se lo había alquilado en la cantidad de $400 mensuales»

La tarea de transcripción de los documentos

Además de las actas fundacionales que tienen fecha de 1881 en adelante, en 1921 comenzaron a promulgarse los primeros decretos de la presidencia del Consejo. En esa época comienzan a emitirse los boletines municipales, es decir, «todo lo que eran ordenanzas y decretos del intendente o del comisionado para separarlo de la actividad que se tenía en el Consejo».

Todas las actas y los decretos fueron transcriptos. «Se escribía con la letra gótica. Era impresionante. Algunas veces no se entendía nada, pero es el orgullo que tenemos acá en referencia de tener semejante material de tantos años. Tengo el honor de haberlas hecho yo, todos los decretos de presidencia«, cuenta Martínez.

– ¿Cuánto tiempo le demoró esa tarea?

– Más o menos nueve años o diez años. Y bueno, cuando te gusta una cosa, cuando tenés la profesión en el alma, es medio como que…

Martínez se queda sin palabras para describir semejante labor. Pronta a jubilarse, expresa que es una de las grandes responsables del proceso de digitalización de estos documentos, que hoy son de libre acceso en la página web del Concejo Deliberante.

La digitalización de las actas fundacionales

Las actas originales se encuentran resguardadas por el valor histórico que significan. En la biblioteca del Consejo tienen una copia, como tantas otras que le fueron entregadas a varias personalidades de la ciudad.

Sin embargo, en la era de la tecnología, se realizó un trabajo de digitalización de estos documentos. «Las actas fundaciones se pasaron a formato digital bajo la dirección de la bibliotecaria Laura Giulietti, en forma conjunta con la gente de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Fue un trabajo muy minucioso y muy delicado. Laura fue la que fue dando las pautas como para que se uniera todo este material. Después tuvieron la suerte de poderlo encuadernar. Son desde el año 1881 a 1886, los primeros años de la municipalidad General Pueyrredon», cuenta Martínez.

En cuanto a la tarea de los primeros «señores municipales», la bibliotecaria manifiesta: «Acá era todo un compendio de problemas que los trataban de la manera que mejor podían, porque no eran muchos concejales. Entonces, se juntaban en una mesa y decían, bueno, más o menos, qué es lo más importante. No estaba todo tan estipulado, pero, de igual modo, abrieron camino. Toda esa gente abrió camino para que hoy todo esté muchísimo más organizado y ordenado. Había mucho conflicto. Se levantaban y se iban de la peor manera. Y para no dar el brazo a torcer, muchas veces, cuando sabían qué tema se iba a tratar, pasaban semanas y semanas en las que no daban el quorum«.

Firmas y sellos de un acta de la «Corporación Municipal».

Pablo Duthey, miembro del departamento de Informática de la municipalidad, también colaboró en este servicio. «Se hizo de diferentes formas, con digitalizadores que conseguimos prestados, con celulares propios, trabajando las imágenes y mejorándolas para que se vean de la mejor resolución posible y en menor peso para que la gente las pueda ver y trabajarlas. Se armó todo tomando hoja por hoja y, una vez que tuvimos eso, buscamos un aplicativo como para poder visualizarlas en la página web de una forma sencilla, así la gente puede entrar y leer las actas fundacionales completas», explica.

Fue un proceso que duró más de un año, no tan largo como el de transcripción de los bibliotecarios, pero para nada sencillo. «Fuimos probando distintas formas de digitalización hasta encontrar la más óptima. Aparte, como las actas son tan antiguas y hay que tratarlas con ciertos métodos, no se puede poner en una fotocopiadora para escanearlas porque no se puede aplastar la hoja. Entonces buscamos la mejor forma para no dañar las actas y poder tenerlas de la mejor forma posible, lo más legible posible», señala Duthey.

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